lunes, 15 de junio de 2009

La batalla epistolar de Christian de Groote

Entrevista
Sábado 13 de Junio de 2009
La batalla epistolar de Christian de Groote


Texto, Paula Véliz G.
Retrato, Gonzalo López v. Fotografías, archivo El Mercurio

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Desde su oficina en un añoso y señorial edificio de calle Merced, a pasos de Plaza Italia, contempla hace 45 años la transformación de Santiago en una ciudad “moderna”. Su sencillo escritorio, que no hace alarde de su destacada trayectoria –salvo por algún que otro detalle de diseño como la lámpara Tolomeo que lo ilumina, una mullida silla de cuero negro presidiéndolo y los retratos de los maestros de la arquitectura que llenan los muros–, ha sido testigo de la lucha solitaria que libra Christian de Groote.

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Paradójicamente, por su ventana se pueden ver juntos los dos hitos que se han convertido en los blancos principales de sus ácidos comentarios: el río Mapocho y la Costanera Norte. No se cansa de mandar cartas a este diario criticando dura y directamente las decisiones urbanas que, según él, han desmejorado considerablemente nuestra calidad de vida, pero que todavía no empañan por completo el destino de esta sobrepasada capital.

–¿Cree que la situación del río aún es reversible? ¿Podremos los santiaguinos algún día enorgullecernos del Mapocho como los parisinos se enorgullecen del Sena?

–Me carga la comparación del Mapocho con el Sena porque son ríos absolutamente distintos. El Mapocho es un torrente y el Sena tiene una pendiente mínima, navegable. La idea del Mapocho navegable es algo a lo que no encuentro asidero, es ir contra natura, éste no es un río navegable y nunca lo será, pero es el que tenemos. Santiago nació en la ribera del Mapocho y su cauce da cuenta de la geografía en la cual está inmersa la ciudad. Es un bien que uno habría pensado era absolutamente intocable, y, sin embargo, por razones pedestres, se decidió poner la autopista ocupando su lecho y destruyéndolo en gran parte, especialmente en su tramo más atractivo. Pero sigue siendo de la ciudad y todavía tiene muchas posibilidades de doblarle la mano a este incordio que es la Costanera Norte.

Las propuestas brotan de su discurso con la misma profusión con que se acumulan en sus correos los adjetivos que seguramente han incomodado a más de alguna autoridad comunal o gubernamental.

–Éste debiera ser un río caminable por sus bordes, que tuviera ciclovías; un parque desde el puente San Enrique hasta la ruta 68. Y todavía es factible, pero hay que mantenerse en guardia porque hay proyectos como la Costanera Sur, que se va a tomar buena parte del Parque de las Américas. Depende de cómo se haga, es posible que condene la otra ribera del río.

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–A propósito de Costanera Norte, ¿cuánto se demora desde su casa en Lo Curro hasta su oficina en Merced?

–15 minutos.

–¿No le agradece al menos ese ahorro de tiempo a la autopista?

–No se lo agradezco. Primero, porque no era necesario hacer uso del cauce para construir esa vía. Mario Pérez de Arce tenía una alternativa de ubicación para ella que era perfectamente factible, pero que significaba más expropiaciones. Entonces, se cortó por lo sano y se utilizó un espacio que era de Bienes Nacionales. Segundo, siempre he dicho que aquí se puso la carreta delante de los bueyes porque se construyeron las autopistas urbanas antes de poner en marcha el Transantiago, y eso debió haber sido previo. Habríamos tenido una conciencia clara de la cantidad de personas que se pueden trasladar mediante la movilización colectiva. ¿Qué hicimos al hacer las autopistas antes que el Transantiago? ¡incentivar el uso del automóvil!–, alega con firmeza pero sin levantar la voz pausada que lo caracteriza.

Y si la Costanera Norte lo tuvo ocupado durante mucho tiempo, el Transantiago es un tema con el que ha llenado varias columnas porque, simplemente, lo indigna.

–El transporte público debió proyectarse como corresponde y no hacer la estupidez que se hizo, de echar a andar con bombos y platillos un proyecto de movilización colectiva mal pensado, mal financiado, sin las obras de infraestructura necesarias. Una cosa absolutamente de locos, a mí ya me carga hablar del Transantiago porque tal como se puso en marcha no tiene perdón de Dios, y ha costado una locura, mucho más que las autopistas urbanas.

Oportunidad perdida

Como Premio Nacional, De Groote ha sido jurado de muchos concursos de arquitectura; él mismo ha participado y ganado otros tantos. Reconoce, eso sí, que adjudicar un encargo mediante ese sistema no siempre es la mejor solución. A propósito de esto, la más reciente de sus cartas salió al paso a las opiniones de sus colegas quienes criticaron que el pabellón chileno para la exposición en Shanghai 2010, no fuera designado mediante un concurso abierto. Para él, en cambio, el problema está en el resultado, que le parece “vistoso e irrelevante”.

–Esta manera de entregar un encargo directamente supone que el promotor sabe exactamente lo que quiere, y por lo tanto busca al arquitecto adecuado para dar respuesta a ese problema. Yo le tengo mucho respeto a Juan Sabbagh y considero que es muy buen arquitecto, pero si uno ve el resultado del pabellón –por lo que conocemos en las publicaciones–, en realidad la elección estuvo mal hecha porque el proyecto, a mi juicio, no tiene nada que ver con Chile. En Shanghai va a ser un pabellón más, nadie va a saber si es de Noruega o de Puerto Rico. En ese sentido, creo que la respuesta es francamente mala; una lástima que se pierda una oportunidad como ésta, de mostrarnos en una exposición en China, un país que queda en las antípodas nuestras, muy importante económicamente en este momento, y el receptor principal de nuestras exportaciones.

–Se hizo un recipiente que va a contener una muestra, pero no tiene nada que lo haga representativo de nuestro país. Es un proyecto irrelevante y frívolo, en su materialidad, en su espacialidad, en general. Los autores declaran que sólo aspiran a que el pabellón “provoque a la gente y nada más”, pero yo no veo aquí nada que provoque, por lo menos no dan ganas de entrar. Y es vistoso porque, por ejemplo, está forrado en cristal pero precisamente por eso es anónimo.

En el de Sevilla, en cambio, De Groote reconoce cualidades que lo hicieron representativo de nuestra geografía e historia.

–Tenía una capacidad de síntesis gigantesca, independiente del tema del iceberg que era irrelevante. Los arquitectos fueron capaces de llegar a una abstracción de tal naturaleza que mostró lo que es este país.

–¿A qué arquitecto hubiera asignado usted?

–Al mismo José Cruz Ovalle. Si yo hubiera sido el promotor y sabiendo qué es lo que se pretende mostrar en una exposición, en un país como China, habría recurrido a una persona como él, capaz de hacer una arquitectura con una vocación de lo que es este país, fantástica. Él me parece una persona perfectamente indicada, sin ser el único.

“No estamos libres de culpa”

El descrédito como respuesta a algunas de sus críticas es algo que no le incomoda porque está convencido de que “muchos de los que descalifican tienen tejado de vidrio”. Y recuerda otra de sus polémicas públicas:

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–Me parece, por ejemplo, que el Costanera Center, de la manera en que está proyectado, no le entrega nada a la ciudad. Es un disparate, cuatro torres que no tienen ninguna relación entre sí y que hacen una ocupación del suelo desorbitada, creyendo que la constructibilidad máxima es la que mide el éxito de un edificio. Además, se vanagloria de tener un área verde gigantesca, pero que está a 40 metros de altura, eso no es un espacio urbano entregado al peatón.

Aunque ha sido tildado de “retrógado” por quienes argumentan a favor del “desarrollo urbano”, él cree que la ciudad debe crecer pero no por encima de sus habitantes.

–Rockefeller, en Nueva York, hizo el Rockefeller Center y con él creó uno de los espacios urbanos más ejemplares que se han hecho en el siglo XX. ¿Dónde está esa plaza en el Costanera Center? ¿Va a estar a once pisos de altura? Nadie va a tener acceso a ella.

–Pero ésa es la misma vocación que tienen todos los edificios en ese centro de negocios. Todos se han hecho con el mismo espíritu.

–Sí, lo que llamamos Sanhattan es un conjunto de torres aisladas, cuyo espacio a nivel de vereda debió haber sido entregado a la ciudad. Lamentablemente son lugares que están cortados por panderetas, donde circulan solamente automóviles.

–Se ha referido a otros proyectos que ocupan el borde del río como “rapiña inmobiliaria”. ¿Qué responsabilidad les cabe a los arquitectos? Porque al final son ustedes los que hacen la ciudad.

–Sí, somos los arquitectos los que hacemos la ciudad, pero en este momento la ciudad está dominada por las inmobiliarias. Ésa es la verdad, y pasan cosas que son absolutamente absurdas y que en otro país no pasarían, como que el ex Santa Rosa de Las Condes, un área destinada a uso deportivo, se vendió en 35 millones de dólares y ahora ahí se podrán construir tres torres de veintitantos pisos. Eso es un disparate.

–Los arquitectos no estamos libres de culpa, de ninguna manera, muy por el contrario. Claro que debimos oponernos a muchas cosas para obtener un desarrollo acorde con una ciudad amable, vivible, y no lo que estamos haciendo hoy.

–Sin embargo, su misión de poner temas en el debate público es bastante solitaria.

–Y francamente no sé por qué. Pero creo que esta batalla hay que darla. Pienso que he sido una piedra en el zapato de las autoridades, aunque soy bastante modesto como para creer que mi intervención haya tenido mayores repercusiones. Eso no quiere decir que no vaya a seguir dando la batalla.

–¿Estaría dispuesto a librarla desde un cargo público?

–No. Me han ofrecido ser alcalde, pero no, mi quehacer es un quehacer silencioso, de arquitectura. Me siento no sólo obligado sino que libre para opinar todo lo que quiera con respecto a la ciudad en la que vivo. Pero no estaría disponible para un cargo público.

–Pero a juzgar por la cantidad de críticas que hace a Santiago, se iría feliz a vivir a otra parte.

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–Yo soy una persona que nunca sale de Santiago los fines de semana largos. Soy urbano, me encanta estar acá. Disfruto de la cordillera, del Manquehue, del río a pesar de la Costanera Norte. La vida urbana me gusta y no tengo ninguna razón para huir. El Parque Forestal lo encuentro maravilloso, es un lujo en cualquier ciudad que uno lo ponga, desde la Plaza Baquedano hasta el Palacio de Bellas Artes y más allá, es precioso y por eso nadie me mueve de aquí, porque al lado tengo el lugar más bonito, más espléndido de Santiago.

Favoritos de De Groote

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Un edificio de Santiago: La Escuela de Derecho de la Chile

Una ciudad del mundo: Nueva York

Una solución urbana destacable en la capital: No me acuerdo de ninguna

Una solución urbana destacable en el mundo: Lo que hizo Barcelona con la conquista de la costa

Una obra que debió proyectarse para el bicentenario: La carretera que uniera Punta Arenas con Arica

Una obra que podría demolerse para el bicentenario: Un edificio en la Plaza de Armas, el que está entre el Correo y la Catedral






Estimado Sr. De Groote,


Me iluminan sus palabras cuando pienso en todo los espacios que usted ha podido congraciar tanto en el ámbito privado como público. Sin ir más lejos, la actual casa de mis suegros fue producto de su ingenio y en nuestras reuniones familiares gozamos plenamente vivirla.


Me parece que sus argumentos son contundentes y bien fundamentados desde el momento que habla con la voz de la experiencia. En esa misma dimensión, me imagino que para usted no es novedad entender que la naturaleza de países como el nuestro se han traducido en diversos patrones o modelos que identifico como “actos de sobrevivencia”. El más recurrente me atrevería a decir es el modelo narcisista o autorreferente. Como lo indica la palabra, su fatalidad consiste en que precisamente solamente es capaz de mirarse a si mismo rehuyendo la necesidad de terceros en su indiferencia con el entorno.


Si tuviera que pensar cual ha sido el denominador común de ciudades históricamente extraordinarias como el caso de Florencia, sin lugar a dudas, son aquellas que escapan o trascienden su propio ego. Son ciudades que permiten vivirlas de manera profundamente humana donde recorrer cada rincón es siempre un elemento de sorpresa, es decir, impredecibles.


Esta última variable condice un aspecto fundamental de nuestra naturaleza humana que a mi juicio ha sido una constante y cada vez que se trata de revertir, los desastres saltan a la vista. Es un principio muy básico donde diseños urbanos mal planificados pecan por omisión en una especie de estado de autocomplacencia. Así como usted afirma de que pusieron “la carreta delante de los bueyes”, yo le diría es lo que han hecho al momento de subordinar las bellas artes al arte aplicado. Esto significa que en el mundo actual, la arquitectura en general se caracteriza cada vez más en hacer todo traducible por medio del diseño. Es un aspecto necesario desde la perspectiva que por su funcionalidad, racionalidad incuba aquello que está tan de moda como la arquitectura “sustentable”. Sin embargo, cuando lo anterior constituye una finalidad en si mismo, todo se hace en el tiempo completamente predecible. Como decía mi padre: “no hay mayor virtud en conquistar una fortaleza tantas veces vencida”.






En la dimensión de una planificación urbana orgánica donde entra en juego no solamente las diversas formas de edificación y obras civiles en el contexto de espacios positivos sino además, el espacio circundante entendiéndolo como espacios abiertos o negativos que actúan y condicionan la coexistencia de la urbe. Desde esta perspectiva, el río Mapocho no solamente es un torrente como usted bien lo indica que circunnavega desde la plaza San Enrique hasta la ruta 68, es la columna vertebral de nada menos que nuestra área verde más prominente de la ciudad que sería el cerro San Cristóbal que ofrece generosamente importantes explanadas que van desde la pirámide hasta el barrio Bellavista. Es decir vendría a ser nuestro pequeño “Bosque de Chapultepec”.


Este espacio de unificación o puente urbano debería concebirse como un espacio de encuentro para la ciudadanía y nada mejor para ello que la cultura. Cuando uno se sumerge en una ciudad congestionada como ciudad de México y vive la experiencia de un museo Nacional de Antropología, Rufino Tamayo, Arte Moderno, Palacio Maximiliano, Museo de Historia Natural, etc. y todo ello contenido en un solo lugar donde conviven de Chincol a Jote, usted empieza recién a vivir una ciudad de verdad.


La visión “bicentenaria” de nuestra ciudad en la cual nos hemos empecinado de manera tan políticamente correcta, confabula atributos que se expresan como “islas de virtudes ciudadanas”. Sin embargo, aquella conectividad tan esencial e implícita que requiere toda existencia citadina civilizada, pareciera condenarse bajo los efectos de ciertos paradigmas como el trastorno de nuestro transporte público.


Si queremos volver a vivir el Santiago del parque Forestal que usted tanto admira, debemos invitar la ciudadanía a participar de un espacio común que pueda rescatar nuestra condición tanto geográfica como demográfica, es decir, rescatar aquel pulmón irradiante tan descuidado al otro lado del emblemático torrente.


Alexander Sutulov

Santiago, 15 de junio de 2009


1 comentario:

Berthold Hanisch dijo...


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